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El legado de Alberto Olmedo, a 38 años de su muerte

Hoy 5 de marzo se cumplen 38 años de la muerte de Alberto Olmedo en Mar del Plata.

Una época en que los cuatro canales de la televisión hacían poliamor con el género. Había programas humorísticos para todos los gustos. Los telecataplumes uruguayos de Hupumorpo y Comicolor. Una cultura popular y masiva que invitaba a René Lavand, Fidel Pintos, Gila, Tu Sam, Chasman y Chirolita. Estaba Verdaguer, que vestía de etiqueta. Y, claro, también estaban el Gordo Porcel y el Negro Olmedo.

En esos años, previo a la canonización y el reconocimiento tácito y teórico que recibió de cierta élite cultural, Alberto Olmedo hasta podía llegar a ser visto como un grasa. “Humor de burdel en decadencia”, se llegó a escribir.

Podías morir de literalidad viéndolo. Olmedo era Rucucu, El Manosanta, Expertos en pinchazos, pero además -y sobre todo- era las insinuaciones de Borges y Alvarez en el inolvidable sketch junto a Javier Portales.

A ver si se entiende: una época en que los humoristas grababan sus propios discos. Crecimos con No toca botón. Vimos sus películas berretas indultándonos el patetismo y ejercitando, sin saber, lo que hoy sería “consumo irónico”.

Olmedo era el de la tele. El del cine perdía frescura y parecía más sobreguionado que El Eternauta de Netflix.

En la televisión argentina -todavía no había aparecido Alfredo Casero-, el Negro era amo y señor de un absurdo que frecuentaba, habitualmente, cuando olvidaba o hacía que se olvidaba la letra. Desparejo, errático. En los ‘90 apareció Cha Cha Cha para hacernos acordar que el secreto del sinsentido está en que donde los demás actúan, otros simplemente son. Improvisar como si fuera un pecado. El pogo de la ironía.

Un día le presentaron a Fidel Pintos. “El más grande de todos”, repetía el Negro. Dicen que le afanó un montón, pero le agregó vivacidad, dos rulos de más. Mientras uno se deslizaba sobre la improvisación, el otro saltaba en los charcos. Conocimos el absurdo, el agujero de la lógica, no por Ionesco ni por Beckett sino gracias a la televisión.

«El único secreto de este oficio consiste en usar un smoking como si fuera un jean y un jean como si fuera un smoking». Esa frase Olmedo la tiró en uno de los primeros reportajes que le hicieron. Encima se reía como Gardel, escribió Camilo Sánchez en su novela La Feliz.

No tardó en formar parte de una cofradía selecta: la de los capocómicos. Semejante distinción le daba derecho a programa televisivo propio, teatro de revista en Mar del Plata y dos películas por año. Su figura, con el tiempo, pasó a ser lo más emocionante que le pasó al humor argentino.

Actuaba como si nunca terminara de pasarla bien. Supo trabajar a fondo el aburrimiento. Furioso contra la repetición, es decir, furioso contra su vida y obra, llevó la improvisación a niveles altísimos con su famoso morcilleo, algo sólo comparable a Tangalanga, personaje menos popular que de culto, y célebre por sus bromas telefónicas.

La pasaba bien con los que estaban detrás de cámara. Había una comunión extraña. Se tropezaba con los cables y terminaba leyendo el guion en una cartulina sostenida por un asistente. Eso de “gran improvisador” o “creador del detrás de cámara” empezó a definir un personaje que solo él podía desarrollar. El cartón pintado, los decorados que se caían como el sketch de Rogelio Roldán o la complicidad con el espectador que lograba con sólo mirar un segundo más a cámara.

Como un ejercicio contra la monotonía, Olmedo puso de moda lo de romper «la cuarta pared». Con él aprendimos que no había tanta diferencia entre la realidad y la ficción.

Hugo Sofovich escribió sus personajes durante 24 años. «Cuando se olvidaba la letra surgían los momentos más graciosos. Salía de cuadro, iba a buscar la letra. Muchas veces se la olvidaba a propósito y estaba tan bien hecho que la gente pensaba que él siempre se la olvidaba”.

Quizá fuera la cualidad del payaso triste que le escapaba al formato chabacano de la repetición. Un humor anti Les Luthiers, donde el remate se avisaba siempre mostrando el culo de Beatriz Salomón. La primavera alfonsinista resaltó libertades, condenó Juntas Militares y, sin premeditarlo, terminó siendo caldo de cultivo para “la mujer objeto”. Imposible soslayar a las Chicas Olmedo, un fenómeno mediático fraguado con cuerpo de mujer.

En sus últimos días Olmedo decía que no interpretaba nada, que ni la letra se sabía. Maestro de actores y referente de la cultura y la escena, Alberto Ure lo rescataba en sus clases. Lo veía, sin tocar ningún botón -y con cierto placer culposo- el Gordo Soriano, que lo quería para una película basada en una novela suya.

Quería que su amigo de largas madrugadas telefónicas -Soriano y Olmedo se llamaban entre las 2 y las 4 AM- pudiera dar el volantazo hacia una zona de prestigio.

Los choques entre los artistas y sus respectivas épocas son episodios que no se pueden comparar. Con el diario del lunes podría inferirse que Guillermo Francella supo ser la continuidad histórica y mejorada del rosarino. Francella logró mostrar otro rostro profesional. Olmedo se quedó con las ganas.

Se hablaba de “repentismo”. Soltar amarras y ver qué pasa. De ahí el tipo sacaba lo mejor de sí. Olmedo no era más que una rareza como la payada o el rap. Quizá cuando el viento se haya llevado casi todo, queden Borges y Alvarez, donde el Negro y Portales siempre están esperando que le tiren una línea de texto. Improvisación en estado puro y un papelito con dos chistes anotados y tres chivos.

Los que sabían frecuentarlo en la intimidad, totalmente desmantelado de sus personajes, dicen que Olmedo era ése. El de ese sketch. Un tipo común que hacía reír.

POS

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